Chico Mendes, defensor de la Amazonía

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A principios de 1998 los incendios en Roraima, el Estado brasileño al norte de Amazonas, fueron los mayores recordados jamás. Mientras las quemas intencionales desde el año anterior aumentaron un tercio en los Estados de Pará, Rondonia, Maranhao y Mato Grosso (1). Este fue el escenario de la vida de Chico Mendes, el dirigente de los recolectores del caucho de las “heveas” que abrazaron la defensa de la selva como único modo de sobrevivir (2).

Francisco Mendes, más conocido como Chico, salió del oscuro anonimato de los confines de Acre, en el extremo suroeste de la Amazonia, cuando en 1987 recibió en Londres el premio Global 500 de Naciones Unidas. Poco antes de su muerte, en 1988, la Better World Society, creada por Ted Turner, el dueño de la CNN, lo había premiado en Nueva York catapultándolo fugazmente a los medios masivos. Para la conciencia mundial, expresada en el estaf científico que sigue paso a paso la devastación ambiental y las entidades ecologistas comprometidas con la sustentabilidad, la figura de Chico representó y representa la esperanza de frenar el arrasamiento de los últimos territorios auténticamente verdes del planeta.

Hoy la historia de Chico y su idea de crear en Amazonia “reservas extractivas” –para aprovechar inteligentemente la selva sin destruirla–, ocupan decenas de sitios “web” en Internet y han generado centenares de artículos, libros y videos, la mayoría en inglés y portugués. Tres años le llevó al periodista español Javier Moro recorrer la Amazonia para reconstruir la vida de Chico y la siniestra trama de intereses que llevó a los artífices de su muerte a apretar el gatillo; hoy plasmada en su insoslayable “Senderos de Libertad” editado por Seix Barral. Mientras “Temporada de Incendios” el filme dirigido por John Frankenheimer, con Raúl Juliá y Sonia Braga, se propaga en las reproductoras de video en diferentes idiomas.

Los Mendes se habían instalado en un seringal (3), cercano a la remota Xapurí y se transformaron en seringueiros (4). Huyendo de la sequía y el hambre del “sertón”, navegando cinco semanas desde Manaus por los afluentes del Amazonas. Un seringueiro debía “sangrar” hasta 200 heveas por día para lograr su sustento (5).

Chico Mendes se crió en medio del analfabetismo, el aislamiento y las carencias de todo tipo. En 1945 terminó la Batalla del Caucho al caer la demanda de la Segunda Guerra y la situación empeoró. Se abandonaron los muelles y aeropuertos, mientras los seringueiros eran obligados a vender sólo a los seringalistas (6). El diario A Provincia do Pará calculó que de los 50.000 “soldados del caucho” censados, 23.000 habían muerto “sin pan y sin cuidados médicos”.

Hacia 1970 empieza a construirse una carretera Transamazónica de 5.000 kilómetros para ofrecer “una tierra sin hombres a los hombres sin tierra”.

Pero ni la tierra era fértil, ni estaba vacía: allí estaban los indios, los ribeirinhos, los seringueiros, gente que vivía de y cuidaba la selva. Los incendios masivos usados para deforestar se extendían pagados por los fazendeiros (7) y los garimpeiros (8). Los bosques milenarios eran reemplazados por fincas de dudosa rentabilidad y más dudosa duración.

En Amazonia la expansión agrícola es insustentable; la hacienda es cebú importado de India, para hamburguesas por ejemplo; y cuando llueve el frágil suelo, desprotegido, se erosiona rápidamente. Los indios y los seringueiros emigran para hacinarse en las chabolas y las favelas, desarraigados y sin trabajo. En pocos años las fincas abandonadas de Amazonia, como los campos agotados de Mato Grosso, se parecen a un semidesierto. La “esponja verde” desaparece y las inundaciones aumentan localmente y aguas abajo (9).

Los fazendeiros queman la selva para obtener títulos de propiedad sobre cientos de miles de hectáreas. En el paroxismo de la destrucción los aeropuertos se cierran por las humaredas. Rondonia y Acre arden por los cuatro costados aprovechando la temporada seca. La nueva ruta BR-317 traía consigo una pesadilla: incluso llegó a usarse napalm. Sin los árboles el suelo se empobrece y se levantan nubes de mosquitos desde los charcos, transmitiendo el paludismo.

A fines de los ’70 el precio del oro creció y la “fiebre del oro” se abatió sobre Amazonia. En 1980 había cinco mil personas trabajando en el garimpo (10) de Serra Pelada; tres años después eran cien mil. Se construyeron pistas de aterrizaje anudando los circuitos ilegales del oro, el tráfico de fauna, las drogas y la prostitución. Parte del oro se refina con mercurio. Por cada tonelada de oro, otra de mercurio al ecosistema. Análisis de sangre de indios kayapós vecinos a los garimpos revelaron que más del 25% tenían un exceso del letal mercurio, al igual que la totalidad de los peces.

A principios de los ’80 se alarga 1.200 kilómetros la BR-364 uniendo Cuiabá con Porto Velho. Los pronósticos, incluidos los de expertos del Banco Mundial y del BID, no tardan en cumplirse: desintegración de poblaciones indígenas,devastación de la selva, extinción de especies, erosión de los suelos, costos sociales y económicos. Poco después se construye Tucuruí, entonces la cuarta represa más grande del mundo, sobre el río Tocantins, un afluente del Amazonas, considerada hoy un desastre ambiental, sanitario y social. Seguida de otro descalabro total: el de la mega-represa de Balbina. Estos hechos conmocionaron la opinión pública –en principio más afuera que dentro del propio Brasil–, repercutiendo en los entes crediticios y el Congreso de los Estados Unidos. Goodland y Price, asesores del BM, dieron informes contundentes sobre los desastres financiados por el Banco. Adrian Cowell impactaba al mundo con las escalofriantes imágenes de “La década de la destrucción”, filmada en Amazonia.

En esa época grupos de científicos demuestran que una hectárea de selva produce mucho más que una hectárea con ganado. Chico reclama la creación de “reservas extractivas”: para recolectar caucho, fibras, frutos y medicinas silvestres. Unas 1.400 plantas selváticas tienen principios activos contra el cáncer. Estas reservas conservan el bosque y las poblaciones tradicionales (11). Durante 1987, el satélite NOAA-9 detecta enormes quemas en Amazonia. A los lados de la BR-364 hubo más de 200.000 incendios provocados: un área el doble que Suiza ardiendo. Alberto Setzer, el investigador que seguía atónito las imágenes satelitarias, calculó que las quemas habían inyectado en la atmósfera más de 500 millones de toneladas de carbono; un 10% del aporte mundial de gases de efecto invernadero responsables del cambio climático (12).

En junio de 1988 el Ayuntamiento de Río entrega a Chico las llaves de la ciudad: el primer reconocimiento público en su propio país. El gobierno federal decreta que los seringales Cachoeira, Sao Luis do Remanso, y dos más, se conviertan en las primeras reservas extractivas. Es un éxito enorme. Pero las represalias de los fazendeiros no se detienen. El 22 de diciembre de 1988, en su casa de Xapurí, Chico recibe en el pecho el impacto de un disparo hecho a corta distancia, desde la oscuridad.

Notas

  1. En un informe del Environmental Defense Fund (EDF), Steve Schwartzman advirtió que entre 1991 y 1994 los incendios en Amazonia arrasaron 25.000 kilómetros cuadrados cada año.
  2. Hevea: árbol del que se extrae el látex para fabricar caucho nativo. En portugués, “seringa”.
  3. Seringal: propiedad de seringas con senderos en la selva.
  4. Seringueiro: cauchero,trabajador del caucho.
  5. Sangrar: rasgar la corteza de la hevea; la savia-látex- se recoge y es ahumada artesanalmente en forma de bola.
  6. Seringalista: propietario del seringal.
  7. Fazendeiro: dueño de una hacienda; terrateniente.
  8. Garimpeiro: buscador de oro.
  9. La mitad de los 24.500 incendios registrados en 1997 se produjeron en Mato Grosso, imbricado en la alta cuenca del sistema Pantanal-Paraguay-Paraná.
  10. Garimpo: lugar donde se busca oro.
  11. Las reservas extractivas incluyen servicios ecológicos como protección del suelo y regulación del ciclo del agua.
  12. El Worldwatch Institute acaba de revelar que en 1998 los desastres climáticos agravados por el cambio global antropogénico produjeron pérdidas récord por 90.000 millones de dólares.

 

Fuente: solidaridad.net

Por Jorge Cappato –  es integrante de Fundación Proteger, Santa Fé, Argentina.